Salud Pública en Ciénaga de Zapata

2250

CIÉNAGA DE ZAPATA. «Yo no tuve infancia: el carbón me la quitó», dice un hombre muy particular, con casi 80 abriles. Estamos sentados frente a un cenaguero: «Juventud no tuve mucha tampoco, por lo mismo, y por todas las otras calamidades de entonces. Vivía en Caleta Buena, en una casita de guano y madera, con dos cuartos: uno, de mis padres; el otro, de los muchachos. Éramos 14 en total. No sé cómo, en algún momento llegamos a dormir todos en la misma cama.

«Además de carbón, Jacobo, mi padre, hacía polines ferroviarios, postes o cualquier otra cosa relacionada con la madera. A veces nos levantaban a medianoche para ir a sacar un horno de carbón. Éramos ocho varones y desde muy pequeños debíamos acompañarlo.

«Solo los domingos podíamos jugar, mientras que María, nuestra madre, también se esforzaba, pues además de atender la casa se encargaba de un conuco donde sembraba yuca, boniato, calabaza, frijol... A ella le daban una mano las hembras.

«El carbón tratábamos de hacerlo con madera fuerte (jocuma, yanilla, guairaje...), pues se le ganaba más: a unos 60 centavos el saco; por el de madera menos resistente (el soplillo, por ejemplo) en ocasiones solo daban la mitad. La carga la adquiría gente de dinero como Manuel López, Jesús Diez, Los Dorados y Los Villalobos, para luego revenderla y sacarle el provecho económico que nosotros no le sacábamos.

«En 1952, tras el golpe de Estado de Batista, esto se puso feo. Lo que uno ganaba no alcanzaba para nada, y, como todo se veía tan inestable, en las bodegas de Cienfuegos, donde se compraban los mandados, se suspendieron los créditos.

«Mi familia se había marchado para Maniadero. El recorrido lo hicieron a pie, con muchachos chiquitos y todo eso. ¡A pie desde Caleta Buena hasta Maniadero! ¡Había que echar!

«De Maniadero nos trasladamos para la Ensenada de la Broa. Nos instalamos frente a la costa. Fabricamos un muelle de madera y encima le montamos un ranchito. Nos dedicamos, sobre todo, a la pesca de langosta.

«Lo de Batista era inaguantable. Había mucha pobreza, mucha injusticia. Los revolucionarios se volvían cada vez más fuertes y, sobre todo, se multiplicaban.

«La Revolución, por suerte, llegó en 1959 y mandó a parar. Todo el mundo estaba contento, todo el mundo quería ayudar a construir y defender los nuevos tiempos que se divisaban.

«Casi toda mi familia cambió de oficio. Nos embullamos porque nos informaron que estaban pidiendo animales para el criadero recién abierto en La Boca, a partir de la iniciativa de Celia Sánchez Manduley. Era una idea sorprendente: cuidar los animales. Hasta entonces aquí habíamos sido simples depredadores. La Revolución también nos enseñó a relacionarnos mejor con la naturaleza.

«Hace algún tiempo regresé al criadero de cocodrilos. Aquí me he desempeñado en diversas funciones. Aunque tengo 79 años, me siento fuerte».

Dionisio Sierra León tuvo doce hermanos y cuenta: «Mi vida fue muy dura, como la de mi propia familia y la de toda la gente de aquí. Serafina era mi madre, una mujer que recibió a casi todos los muchachos de por aquí; tenía conocimientos en eso, y si la criatura venía mal, acostaba a la parturienta en una tabla y no sé cómo se las arreglaba para que todo le saliera bien».

El cenaguero Alejo Álvarez López (el Moro) contó hace unos años al periodista Noel Martínez un testimonio desgarrador, al sufrir el fallecimiento antes de 1959 de dos hijos por falta de asistencia médica.

«La última la perdí un día que llegué a la casa tarde y me encontré a la mujer con la niña cargada y muy enferma. Salimos a pie por las veredas del monte, y cuando caminé unos ocho kilómetros por el diente de perro se me murió en los brazos. Tuvimos que regresar a Punta Perdiz, donde la dejé con la madre, y volví al central Covadonga para hacer los trámites. La enterré en una caja de aquellas donde venía el bacalao, porque no tenía dinero. Así era la vida aquí en la ciénaga, una vida de perros».

En esos inhóspitos parajes muchas veces sus pobladores se debatían entre la vida y la muerte. Una acuciosa investigación de Niurka Trujillo Pérez y Bárbara Sierra Cobas ilustra la obra de la Revolución luego de tantos años de ignominia y abandono.

«Las parteras o comadronas se valían de hierbas para ayudar a restablecer a las recién paridas... Con frecuencia los partos se convertían en una desgracia familiar con graves consecuencias.

«La mortalidad infantil de Ciénaga de Zapata constituía la más alta de toda la isla en 1958: era aproximadamente de 65 por cada mil nacidos vivos; y la del país, 35 por mil nacidos vivos».

«Durante la década de los 50 se recuerdan dos botiquines. Uno se ubicaba en Santo Tomás, en casa de Eustaquia Mejías Benítez, quien traía de Yaguaramas varios productos (aspirina, mercurocromo, algodón, alcohol, gasa, bisturís...) utilizados sobre todo para socorrer a los accidentados en el corte de leña. En Cayo Ramona había otro, construido con techo de guano, forrado con tabla y el piso de cemento, propiedad de Pedro García Duarte, que vendía algunas medicinas, casi siempre sin prescripción médica, pues en toda Ciénaga de Zapata no había hospitales ni centros asistenciales ni profesionales de la salud de ningún tipo.

«Cuando la enfermedad era grave había que trasladar al enfermo a otros territorios. Los residentes en la zona occidental cenaguera se dirigían hacia Jagüey Grande, mientras los de la oriental se desplazaban hacia Covadonga, Aguada de Pasajeros o Cienfuegos. Las medicinas se adquirían entonces en las farmacias de esos lugares.

«En abril de 1953, Fulgencio Batista, con fines politiqueros y como iniciativa de su esposa Martha Fernández Miranda, comenzó la construcción de un hospital en Cayo Ramona. Sin estar terminado funcionó muy pocos meses, con un enfermero. La obra nunca llegó a su fin y quedó abandonada», precisan las investigadoras.

Hoy la historia testifica una constante preocupación del Gobierno Revolucionario por la vida de los cenagueros, que puso fin a épocas pasadas de depauperación, soledad y desatención por parte de los gobernantes de turno.

Ahora se puede hablar con alegría de un hecho sin precedentes: desde 2006 hasta el presente se mantiene en cero la mortalidad infantil en Ciénaga de Zapata.

Un total de 213 niños nacieron en este período sin que se produjera ningún fallecimiento, lo cual se debe, en primera instancia, a la atención médica especializada que se le da a la embarazada.

Betyleidis Travieso, especialista de Estadísticas de la Dirección Municipal de Salud, informó también que en la etapa tampoco se han registrado muertes maternas.

También podría ser titular en cualquier medio de prensa el cuidado y la atención a los pacientes que necesitan dializarse. La transportación de los dos pacientes que necesitan de este servicio médico especializado es una prioridad de la Agencia Girón, subordinada al Grupo Automotor de Jagüey Grande.

Dicha entidad destina dos taxis para llevarlos a realizarles la hemodiálisis cada vez que les toca: martes, jueves y sábado: «El taxi no puede fallarles, y si se rompe hay que buscar otra variante con urgencia», asegura José Mena Ávila, técnico en explotación del transporte.

De las dos personas dializadas, una vive en Caletón (la cual acude al hospital de Colón) y otra en Girón (que va a una instalación de salud de Cienfuegos).

El servicio es gratis, la dirección de Salud coordina y paga los viajes: «El carro los recoge en sus casas y está a su disposición todo el día», dice Mena.

La Agencia también presta otros servicios a Salud, como garantizar el transporte de las interconsultas, las donaciones de sangre, el traslado de especialistas de La Habana y Matanzas, y también mantiene carros de guardia en el policlínico Antonio Guiteras, en Cayo Ramona.

Por otra parte, a quién se le ocurriría pensar que más de 300 habitantes de Ciénaga de Zapata serían librados de cataratas o pterigium (carnosidad en los ojos), mediante intervenciones quirúrgicas. La Operación Milagro posibilitó que en el hospital oftalmológico Antonio José de Sucre, de Jagüey Grande, pudieran operarse estas personas, como Ramón Cruz, cenaguero de Playa Larga.

En Girón, la cenaguera Ileana Caridad agradece lo que han hecho por ella. «Sin que me cueste un centavo, aunque la operación, a nivel internacional, se cobra muy cara; cuidándome, me protejo yo como ser humano y también lo gastado por el país para curarme», afirma.

La doctora Dayamí Gómez especifica que la recuperación no es tan fácil como parece. Ella es la encargada, en el policlínico de Playa Larga, de chequear, detalle a detalle, el tratamiento y la evolución de todos los casos del municipio.

También como parte de la Operación Milagro, en este municipio, desde marzo último a 850 cenagueros se les chequeó la vista en los puestos de optometría habilitados en Playa Larga y Cayo Ramona.

Del total de examinados, a cerca de 300 se les orientó la utilización de cristales para corregir dificultades que les provocan padecimientos como las cataratas de baja visión, el pterigium, la miopía, la hipermetropía y el astigmatismo.

A la mayoría de los casos se les ha garantizado la rápida confección de espejuelos. Solo han demorado algunos casos necesitados de graduaciones especiales.

Otro gesto digno de mencionar es que en la actualidad cumplen misión en Venezuela y Bolivia un total de 22 profesionales cenagueros.

«Con seguridad en este territorio, donde había condiciones de vida infrahumanas, nadie imaginó que podría hacerse palpable todo lo que hoy tenemos. Y sin embargo ya ven; hasta estamos compartiendo con el mundo lo que el proceso revolucionario nos ha permitido disfrutar», consigna Yusimí García, jefa de Colaboración en la Dirección Municipal de Salud de Ciénaga de Zapata.

Señaló que en nuestro país el triunfo de la Revolución trajo una realidad distinta, y que en este momento nuestro sistema de Salud abarca hasta los más intrincados poblados, con 12 consultorios del médico de la familia.

Tomado de: Prensa Latina