Fidel hace 60 años: Cuba ha aprendido a librar batallas y ganarlas

Por: Yunesky Rodríguez
11 febrero 2021 | 1


Discurso pronunciado por Fidel Castro en el acto de clausura de la Convención Nacional de Consejos Técnicos Asesores, celebrado en el círculo social obrero “Charles Chaplin”, el 11 de febrero de 1961.

Este acto no es una reunión de representantes de los obreros como movimiento sindical; que la Revolución ha tenido muchos encuentros con los trabajadores, con los sindicatos y con las federaciones. Este acto es una reunión de obreros, pero no de obreros como representativos de una clase, que ha tenido que luchar muy duramente a través de sus organizaciones sindicales para garantizar sus derechos; esta es una reunión de los obreros como participantes en la dirección de las empresas.

Es decir, es la primera vez en nuestro país, y es la primera vez en América, que tiene lugar una reunión de este tipo. Ocurre como tantas cosas de la Revolución que se vuelven una especie de costumbre, acontecimientos que, sin embargo, lucían insólitos. Y, por lo pronto, en América todavía tienen que luchar muy duramente los pueblos para llegar al momento en que, en vez de los ejecutivos extranjeros de las grandes compañías y sociedades anónimas, se reúna, en un acto como este, la representación de los obreros en la dirección de las empresas de producción, como una idea del cambio profundo que ha tenido lugar en nuestro país, lo que se observa en muchos detalles.

Antes, ustedes recuerdan, las convenciones, las convenciones o reuniones, por ejemplo, de los hacendados, de industriales, de sectores económicos dominantes, que se hospedaban en los mismos hoteles donde ustedes, los que son del interior, se han hospedado. Ni soñar siquiera un obrero en ir a residir al hotel Nacional o al hotel Habana Libre o al hotel Habana Riviera. En aquellas habitaciones, ociosas una gran parte del año, se hospedaban antes los ejecutivos de las compañías norteamericanas, se hospedaban los hacendados, se hospedaban los grandes latifundistas, se hospedaban los gangsters internacionales, se hospedaban los contrabandistas, los que explotaban el juego, el vicio, los grandes politiqueros, los grandes malversadores y, en fin, todos los grandes ladrones que en este mundo existían iban allí.

Un obrero cañero jamás, un obrero negro jamás, un obrero pobre jamás. Y a propósito de esto, ayer conversábamos con algunos de ustedes a la entrada de uno de esos hoteles, y un obrero con una extraordinaria satisfacción en su interior, recordaba cierto episodio de su vida hace dos años, cuando la Revolución todavía no había llegado al poder, en que él con su hijo se acercó a la entrada de uno de esos hoteles y quería que le permitieran enseñar al niño las fuentes y los jardines de aquel hotel, y alguien allí le ordenó terminantemente que se marchara, que no podía estar ahí, y él nos decía, que él se dijo para su interior, que algún día él podría estar en aquel hotel sin que lo expulsaran.

Y así fue. Ya no vienen jugadores norteamericanos a hospedarse en esos sitios, ya no vienen millonarios norteamericanos, ya no vienen directivos de los grandes monopolios, ya ninguna de aquella gente se hospeda en esos hoteles: se hospedan representativos de países amigos, se hospedan embajadas culturales y artísticas, dirigentes obreros y juveniles, cooperativistas cañeros, delegados sindicales, campesinos y campesinas que vienen a los centros abiertos por la Revolución, jóvenes rebeldes, milicianos y milicianas, hombres humildes del pueblo, negros y blancos, con tal que sean hombres trabajadores, hombres útiles a su país, que es hoy la única medida del mérito verdadero y la única categoría de hombre que vale en nuestra patria.

Y vienen ustedes que desempeñan hoy noblemente el papel que ayer desempeñaban los buitres y las aves de rapiña. Es decir, ustedes, que hoy dirigen el país, ustedes que hoy dirigen la producción, no para explotar a nadie; antes eran los explotadores, los buitres, las aves de rapiña, los que dirigían esas fábricas no para beneficio del pueblo, no para crear bienes para la nación, no para ayudar al país, no para permitir que esos bienes estuviesen al alcance de todos, sino para su exclusivo provecho, para su exclusivo beneficio, para satisfacer sus fines ambiciosos y egoístas.

Hoy son ustedes los que impulsan la producción, hoy son ustedes los que han sustituido los intereses egoístas de unos pocos, por el interés absolutamente mayoritario de la nación; antes se pretendía hacer creer que sin ellos la producción no podría marchar; antes se pretendía hacer ver que sin el móvil del interés egoísta, las fábricas se paralizarían, que los servicios se deteriorarían y que, en fin, el país no podría marchar si detrás no estaba el interés de aquellos señores.

Hoy también hay un interés, que el interés hacía que las empresas marcharan mal o bien, que el interés de unos pocos hacía que la economía marchara mal o bien, más mal que bien, cuando hay un interés muy superior, cuando hay un interés no de una minoría, cuando hay el interés de toda una nación, cuando detrás de esa economía y detrás de esas empresas está el interés, sí, el interés legitimo de la nación entera, que quiere un estándar de vida más alto, que quiere una mejor vida para sus hijos, para sus familiares, que quiere, en fin, una vida mejor, ese interés infinitamente mayor e incomparablemente más legítimo que aquellos intereses egoístas, hará que ahora la economía y las empresas marchen a un ritmo mucho mayor y que produzcan mucho más en beneficio de la nación.

Los ejemplos enseñan, es decir, los ejemplos que vemos diariamente enseñan mucho más que cualquier palabra; los hechos tienen esa virtualidad de enseñar a los pueblos. El pueblo en estos días de zafra, por ejemplo, lee una serie de informaciones relativas a la producción en los centrales azucareros, y de casi todos los centrales llegan noticias de que con relación al año anterior hay una producción mucho mayor, de que tal central está moliendo tantos miles de arrobas más que el año pasado, de que tal central está produciendo tantos sacos de azúcar más que en la misma fecha del año pasado. Y esos datos llegan de todos los rincones del país, es decir, que las mismas fábricas y los mismos obreros están logrando en el mismo tiempo, una producción mucho mayor. Y hay en todo el país un gran entusiasmo por lograr este aumento de la producción.

¿Cuándo ocurre esto? ¿Ocurrió en algún año anterior? ¿Ocurrió el año pasado? ¿Ocurrió alguna vez desde que en nuestro país se fundaron los primeros centrales azucareros? Nunca. Y, sin embargo, ¿por qué ocurre hoy?, ¿por qué hoy recibimos de todas partes la noticia, y hay entre todos los trabajadores una verdadera competencia para que su central marque metas de producción mayor que el año pasado, y hay un verdadero orgullo en el obrero cuyo central logra una producción mayor, y hay una infinita satisfacción en el centro de trabajo cuando pueden comunicarle a todo el país que están moliendo tantos sacos más de azúcar?

Y es tan sencillo comprender el por qué, es tan claro y tan lógico comprender que antes no podía ocurrir así, es tan evidente que cuando en años anteriores un obrero se esforzaba más lo estaba haciendo en su propio perjuicio, es tan evidente que antes cuando un obrero producía el mismo número de sacos de azúcar, en un número menor de días, le estaba haciendo un daño a su clase y a sí mismo, porque iba a ganar menos, porque iba a trabajar menos días, ¿en beneficio de quién?

¿Quiénes eran los únicos que se beneficiaban cuando un obrero rendía el máximo? ¿Quién se llevaba ese dinero cuando un obrero producía tantos sacos más de azúcar por el mismo número de horas de trabajo? ¿Hacia dónde iba a parar ese dinero?, ¿hacia qué bolsillos, hacia qué cuentas y en beneficio de quién? Esfuerzo que jamás se revertiría en beneficio de los obreros, y que nadie, absolutamente nadie, ni aun los más tercos enemigos de la Revolución, y por muy tercos y muy brutos que sean, podrían negar esta verdad que los hechos demuestran de manera tan clara: la verdad de que cuando el obrero se esforzaba más lo hacía en perjuicio suyo, y en beneficio de unos pocos que se llevaban el dinero para el extranjero, o lo invertían no en abrir una escuela, no en llevarle al pueblo un provecho, sino que lo invertían en sus socios, o se lo jugaban en la ruleta, o se lo iban a gastar a New York o a París, o lo invertían en esos palacetes fabulosos, tan fabulosos que en cualquiera de ellos, donde antes vivían cuatro gatos, hoy estudian 50 ó 60 niños.

Eso no lo puede negar nadie. Y los enemigos de la Revolución, los predicadores del terrorismo, los vendepatria, por mucho que se rompieran la cabeza no podrían encontrar un solo argumento para demostrar que fuese mejor que los centrales continuasen en manos de unos cuantos intereses privados, y en virtud de lo cual el trabajo humano tenía que desperdiciarse; en virtud de lo cual el trabajo humano, que es lo que crea riqueza y crea bienestar, tenía que refrenarse; en virtud de lo cual un pueblo tenía que producir mucho menos de lo que era capaz de producir.

Y un pueblo que producía menos de lo que podía producir, y, además, de todo aquello que producía, una parte considerable se la llevaban otros, no era un pueblo que estuviera bajo condiciones económicas y sociales propias para progresar y para resolver sus problemas. De ahí que en nuestro país tuviéramos aquel problema del desempleo permanente; de ahí que en nuestro país faltaran, por ejemplo, 10 000 maestros; de ahí que en nuestro país existiese un desempleo crónico ascendente a varios cientos de miles de ciudadanos sin trabajo; de ahí que en los campos se trabajara nada

más que tres o cuatro meses; de ahí todos los males de nuestra república, que de ninguna manera habrían podido superarse jamás si la república no adopta formas de organización social y de producción que pusiesen el esfuerzo humano de acuerdo con el interés del pueblo de progresar y de producir más.

Era necesario suprimir ese divorcio entre el esfuerzo del pueblo y los intereses del pueblo; era necesario ponerle fin a un sistema en virtud de lo cual trabajar más significaba ganar menos, trabajar más significaba para el pueblo más hambre, y sustituirlo por un sistema en virtud del cual trabajar más significara ganar más, trabajar más significara más provecho y más beneficio para el pueblo.

La Revolución tiene por delante un gran esfuerzo, la Revolución tiene por delante una gran tarea; con la cantidad de tierra que la Revolución tiene en sus manos, con la cantidad de recursos minerales y recursos naturales de todo tipo que la Revolución tiene hoy en sus manos, le alcanza para trabajar un buen número de años, sin tener que preocuparse por esos pequeños intereses, ya que el grueso, lo más importante de la economía nacional, lo básico, lo esencial y lo fundamental, está en manos del pueblo; o porque el pueblo lo recuperó, o porque el pueblo lo nacionalizó, o porque algunos a los que ni siquiera se les había recuperado o nacionalizado se asustaron tanto que se fueron y dejaron aquí esos negocios. Los que quedan, pueden convivir perfectamente bien con la Revolución.

Y, en realidad, nosotros sabemos que algunas de esas familias que hoy temen a la Revolución, el día de mañana, cuando vean que sus hijos tienen oportunidades que no tenían antes, cuando vean que cualquiera de sus hijos puede ser ingeniero, o puede ser médico, o puede ser dirigente de una empresa, o puede alcanzar cualquier función, según el mérito y la capacidad que posea, se reirán y se avergonzarán de los miedos que hoy tienen para la Revolución.

En realidad, de tal manera la Revolución brinda oportunidades que, cuando nosotros nos encontramos por la calle con un limpiabotas, joven, con uno de esos muchachos que todavía andan limpiando zapatos, les preguntamos: “¿Y tú qué has hecho que no te has ido para el Turquino con las brigadas juveniles?, ¿cómo estás perdiendo esta oportunidad, esta oportunidad de estudiar en una escuela tecnológica, esta oportunidad de ser piloto, esta oportunidad de ser ingeniero, esta oportunidad de tener una beca?”

Porque, de tal manera abre la Revolución oportunidades a los hombres del pueblo, de tal manera abre oportunidades a los hijos de las familias humildes del pueblo, que eran los que vendían periódicos, los que limpiaban zapatos y los que incluso desempeñaban funciones todavía mucho más duras y mucho más tristes; porque precisamente los prostíbulos no se nutrían de los hijos de los acaudalados, los prostíbulos, lacra social dolorosa y terrible, se nutrían de los hijos de los campesinos pobres, se nutrían de los hijos de las familias pobres, ¡porque la prostitución no es un mal congénito del género humano, sino que la prostitución es un mal congénito del sistema de explotación en que vivía nuestro país, y en que todavía viven muchos pueblos del mundo!

De tal manera existen hoy oportunidades, que incluso ya tenemos escuelas donde están becadas más de 1 000 muchachas del servicio doméstico, que allí van a recibir una preparación que les permitirá un trabajo más remunerado. De tal manera existen oportunidades, que hoy el joven que se dedique a realizar esas tareas es, sencillamente, porque quiere, o es, sencillamente, porque nadie le ha abierto todavía suficientemente los ojos; porque cualquier muchacho... Y nosotros nos recordamos que antes constantemente se nos acercaba un joven, en los primeros meses, a pedirnos una beca, y nosotros no sabíamos qué responderle, porque en aquellos momentos todavía no teníamos ni a dónde enviar a aquel joven; y, sin embargo, hoy cada vez que un joven se acerca a pedir una beca, nosotros le decimos: “Vete a ganártela al Turquino, con las brigadas juveniles”.

El hecho es que tenemos una respuesta inmediata, y cualquier joven tiene hoy oportunidad de recibir una beca, de ir a una escuela politécnica, incluso de estudiar en la universidad, porque tenemos más capacidad de albergue y escuelas para esos jóvenes que jóvenes para enviar a esas escuelas. Naturalmente que tiene que ser a base de mérito, naturalmente que les damos esas oportunidades a los jóvenes, que se la ganen probando su fuerza de voluntad, probando su tesón, probando su carácter y probando, en fin, su interés, pero que esa oportunidad la tiene absolutamente todo el mundo. Y eso es lo que ha significado la Revolución.

Recordamos que en los primeros momentos, cuando se hacían aquellas investigaciones de opinión, en el ánimo del pueblo lo que más preocupaba era el problema del desempleo. Y se decía que el triunfo de la Revolución dependería de su capacidad para resolver el problema del desempleo, que el éxito o el fracaso de la Revolución estaría relacionado con ese tremendo problema. Y no era un tremendo problema que habría de resolverse en las mejores condiciones; no era un tremendo problema que habría de resolverse sin grandes obstáculos, sin grandes zancadillas.

¿Tendría que preocuparse el imperialismo?

Y esa es la tragedia del gobierno imperialista, esa es la explicación de por qué mientras el Gobierno Revolucionario tiene una actitud serena, ecuánime, dedicado al trabajo, ese señor se ha dedicado, cinco veces en 20 días, a atacar a la Revolución Cubana. ¿Por qué? Si nosotros, en vez de tener que mandar la gente a trabajar, tuviéramos, en vez de medio millón, un millón de desempleados, ¿tendría que preocuparse el imperialismo?

Si nosotros, en vez de la cantidad de azúcar que vamos a moler este año, se nos hubiese reducido a un 50%; si nosotros, en vez de tener suficiente producción de carne para mantener toda la demanda de carne a un precio mucho más bajo del que había antes de llegar la Revolución al poder, y mantener los abastecimientos de pescado, de leche, de huevos, de frijoles, de arroz, de alimentos en general, ¡hasta para los cocodrilos!, los cocodrilos que, por lo menos, van a dar una piel útil, no como los cocodrilos de antes.

¿Qué están reconociendo ante el mundo? Si le dedican cinco declaraciones en 20 días a combatir a Cuba, ¿qué están confesando ante el mundo? Confiesan que Cuba triunfa, confiesan que Cuba prospera, confiesan que el triunfo de la Revolución crece, confiesan su fracaso, que han fracasado todas sus medidas de agresión; peor todavía: que han fracasado sus campañas, que cada día es más evidente y más cálida la solidaridad de los pueblos hermanos de América Latina con Cuba.

Y han tenido que hacer cosas todavía peores. Nosotros recordamos la campaña que hacían contra la Unión Soviética, y decían que había una cortina de hierro en la Unión Soviética, y levantaron esa leyenda; y, sin embargo, ahora los que han puesto una cortina de hierro en Estados Unidos son ellos, que han prohibido a los ciudadanos norteamericanos viajar aquí. ¿Por qué? Es decir que se ha dado el caso de que, en vez de ser nosotros, que podíamos muy bien haber adoptado esa medida, y que si la hubiéramos adoptado estaría muy bien adoptada, para que no nos enviaran saboteadores, ni espías, ni mensajeros contrarrevolucionarios, ni transportadores de bombas y de oro mercenario; sin embargo, vean cómo son las relaciones entre Cuba y Estados Unidos que nosotros, el país chiquito, el país pequeño, no hemos sido los que hemos prohibido que viajen allá los cubanos, no hemos sido los que hemos prohibido que viajen aquí los norteamericanos, y son ellos, el imperialismo poderoso, el imperialismo fuerte, el que ha prohibido que viajen los norteamericanos aquí. Es decir, que han adoptado una actitud absolutamente defensiva frente a la Revolución Cubana.

¿Es por el daño que vayan a hacer a nuestra economía?  No, si el turismo hace rato que ellos lo paralizaron, porque a ese turista frívolo, a ese ya lo habían asustado hace rato, y desde hace muchos meses a Cuba no venían los turistas frívolos, desde hace muchos meses venían escritores, intelectuales, líderes negros, líderes juveniles, periodistas honestos; y esos no dejaban divisas.

La preocupación no era económica, la preocupación era política; no querían que los líderes negros del sur de Estados Unidos viesen la igualdad social que hay en nuestro país; no querían que los hombres honestos de Estados Unidos, los escritores honestos, los periodistas honestos y los políticos honestos de Estados Unidos vinieran aquí. Nosotros no les cerrábamos las puertas, nosotros les decíamos: Vengan para que vean; vengan para que vean cuántas escuelas hemos abierto, cuántos cuarteles hemos convertido en escuelas, vengan para que vean el respaldo que tiene la Revolución en el pueblo; vengan para que vean las cooperativas; vengan para que vean las granjas del pueblo; vengan para que vean nuestras montañas; vengan para que vean nuestros campos; vengan para que vean las miles y miles de casas que estamos construyendo; vengan para que vean, y hablen con el pueblo; vengan para que vean que todo eso es mentira, lo que escriben contra nosotros. Resultado: prohibido venir a Cuba.

¿Qué confiesan con eso? Su fracaso, su temor al ejemplo y a la verdad, a la influencia que pueda tener Cuba, no ya en América Latina, sino en los propios Estados Unidos, porque tan vecinos somos nosotros de ellos como son ellos de nosotros, y si en Estados Unidos viene una crisis muy seria, entonces peor todavía, peor todavía, porque hay muchos norteamericanos honestos, capaces de comprender el ejemplo de Cuba.

Ahora están muy preocupados por una planta de radio que Cuba va a lanzar al aire. ¿Ellos se toman el derecho a lanzar cuantas plantas les venga en ganas, para predicar la contrarrevolución en nuestro país?, pues, ¡Cuba se siente con el derecho de lanzar sus verdades a las cuatro direcciones del mundo!  ¿Ellos se sienten con derecho a aprobar un crédito para los exilados contrarrevolucionarios?, pues, ¡Cuba se siente con el derecho de aprobar un crédito para ayudar a los exilados portorriqueños y a los exilados revolucionarios en toda la América Latina!

Cuba, Cuba va a ir a la ONU a declarar que si Estados Unidos se cree con el derecho a promover la contrarrevolución en Cuba, y se cree con el derecho a promover la contrarrevolución y la reacción en América Latina, ¡Cuba se siente también con el derecho a alentar la Revolución en América Latina!

Lo que no puede ser es que ellos se consideren con el derecho a promover contrarrevoluciones, y se consideren con el derecho a estar enviando armas constantemente a los contrarrevolucionarios en Cuba    —armas yankis, de las cuales tenemos miles ahí capturadas—, que se consideren con el derecho a ayudar económicamente a los contrarrevolucionarios, y pretendan que Cuba no vaya a tener, en legítima defensa, el derecho de ayudar a los revolucionarios, y pretendan que el imperialismo tenga derechos de acción contra Cuba y que Cuba no tenga derechos de acción contra el imperialismo.  Y si el imperialismo se cree con derecho a realizar todas esas acciones contra nosotros, ¡bienvenidas sean esas acciones, porque nos dan derecho a realizar acciones similares contra el imperialismo! 

Y esperamos que el señor Kennedy no pretenda que la lógica haya desaparecido del mundo; porque nosotros estamos hablando con estricta lógica y con estricta razón, pero eso no quita que mañana el señor Kennedy declare que “ni la razón ni la lógica existen”. Y en virtud de esa lógica es que nosotros proclamamos nuestro derecho a defendernos del imperialismo.

Miedo aquí, hace rato que nadie tiene. ¿Miedo aquí al imperialismo?: ¡Ninguno! La suerte está echada desde que la Revolución Cubana surgió al mundo; y la Revolución Cubana seguirá existiendo, por mucho que les duela eso a los señores imperialistas; y la Revolución Cubana seguirá triunfando, por mucho que les quite a ellos el sueño.

¿Piensan que van a intimidar al pueblo de Cuba? ¡Qué ingenuos son!, ¡qué ignorantes son! Si tuvieran dos dedos de frente, fueran capaces de ver lo que está pasando aquí, y si se dieran cuenta que nosotros con la inmensa mayoría del pueblo podemos aniquilar aquí tranquilamente a los contrarrevolucionarios, y si se dieran cuenta de que con lo que cuentan es con una minoría, la mayor parte de los cuales han huido, sencillamente, y nos han dejado todas sus casas y sus bienes, donde vamos a meter decenas de miles de estudiantes, porque hay un gran capital invertido.

¿Y quién es el que puede venir a decir que eso no es justo?

Y mientras más humildes, y mientras más apartados y olvidados sean los rincones de donde esos niños vengan, más satisfacción para la Revolución Cubana, y más terrible decepción y amargura para los enemigos de la Revolución Cubana.

¿Y quién es el que puede venir a decir que eso no es justo?  ¿Quién es el que puede venir a decir que era mucho mejor que en unos barrios aquí súper aristocráticos vivieran unos cuantos millonarios, mientras estos niños se morían allá comidos de parásitos en los campos, sin adquirir ninguna preparación? ¿Y quién puede negar que es mucho más justo, más humano y más útil a la patria, que en esas mismas residencias se alberguen miles y miles de niños, estudien miles y miles de campesinas, que no solo van a estudiar, sino que van a enseñar a las demás?

Había en Varadero un reparto donde en 30 casas caben 1 000 niños de vacaciones, y todos esos niños, todas esas campesinas, las directoras de los círculos infantiles, las instructoras revolucionarias, las 18 000 personas de los distintos cursos, sin contar, por supuesto artillería, etcétera, no, solamente en estudios de este tipo van a pasar nada menos que por el sitio de vacaciones de los supermillonarios, y se van a pasar los días que les corresponda de vacaciones en Kawama nada menos. Y no solo ellos: el pueblo también.

Todas esas residencias las estamos convirtiendo en albergues. El Instituto de la Industria Turística este año va a tener para el pueblo, albergue para 6 000 personas en Varadero —la playa de los millonarios—, de donde cualquier obrero, por ejemplo, que gane 90 pesos, podrá ir a cualquiera de esos albergues, y, si lleva la funda y las sábanas, por 50 centavos se puede hospedar allí. Si no quiere, pagará la funda por una bobería. Es decir, el costo es un peso más la rebaja que le toca a los círculos sociales. Y como todo el mundo es socio, todo el que paga el 4% es socio, obtiene según los ingresos, una rebaja.

Es decir, ustedes pueden ir pensando, ustedes los miembros de los Consejos Técnicos Asesores pueden ir pensando en viabilizar las vacaciones de los trabajadores y sus familiares, pues estamos preparando centros donde por cantidades verdaderamente módicas puedan pasar las vacaciones. Es decir que nosotros no hemos empobrecido a los ricos, sino que hemos enriquecido a los pobres.

Antes había que ser millonario para ir a Kawama, y ahora cualquier hijo de ustedes puede ir a Kawama; cualquier campesina de las cooperativas, o de las montañas, o de las granjas del pueblo, o de los pequeños agricultores, que esté aquí estudiando, tendrá sus vacaciones. ¿Les vamos a cobrar por eso? ¡No! ¿Les vamos a cobrar por la máquina de coser que les vamos a entregar? ¡No! ¿Cómo van a pagar eso? Pues, sencillamente, con su trabajo: enseñando durante un año, gratuitamente, a sus vecinas.

Además, esas escuelas son forjas de verdaderos revolucionarios. Y les voy a contar cómo trabaja la contrarrevolución. Cierto día se presentó una madre de uno de estos niños de la Ciénaga, muy preocupada, que quería llevarse a sus dos hijas. Y no decía por qué se las quería llevar. Y por fin, conversaron con ella; ese día había un grupo de artistas, estaba el Indio Naborí y otros artistas revolucionarios, que habían ido allí a trabajar para los niños. Y aquella madre se quedó, terminó cantando con los niños; y entonces desistió de llevarse a las niñas. Y entonces contó lo que había ocurrido, y es que le habían dicho que no iba a ver más a sus hijas, porque a sus hijas se las iban a llevar para Rusia. Para que ustedes vean la bajeza, cómo los gusanos no se resignan a ver estas cosas, porque esta obra es insoportable, estas cosas son insoportables, eso les quita el sueño.

¿Cómo sabotear eso?, ¿cómo obstaculizar eso?, ¿cómo evitar que sean felices esos niños y esas familias? Ir allá a largar la insidia y la mentira, a sembrar la intriga de decirle a una madre que no va a ver más a los hijos. Es posible que una epidemia o una enfermedad sí privara a esa madre de volver a ver a sus hijos, posibilidad que ya no existe. Sin embargo, los gusanos van allí a tratar de inquietar a esa madre.

Vamos a movilizar esos 100 000 maestros que erradicarán el analfabetismo en Cuba, y así a fin de año Cuba podrá presentarse con una de las más grandes victorias en ese campo, que fortalecerá el prestigio de la Revolución en América y que iniciará una era de estímulo para el estudio, una era extraordinaria de progreso cultural en nuestro país, porque a esos que aprendan a leer y escribir se les seguirá estimulando para que sigan estudiando.

Es curioso que, precisamente, cuando después de 60 años de coloniaje, de incultura y de analfabetismo, lance la patria la consigna de educar hasta el último analfabeto, hayan venido los curas falangistas aquí a promover, a tratar de promover una huelga de estudiantes, estudiantes, naturalmente, de los colegios privados; no se les ocurriría ir al barrio de Las Yaguas a promover una huelga allí, ni se les ocurriría ir a un central azucarero a promover una huelga, ni se les ocurriría ir a una granja del pueblo, o a una cooperativa de campesinos o de pescadores. No se les ocurriría ir allí. Ellos van allí a los colegios donde todavía, pues, imperan ellos, inculcando contrarrevolución a los jóvenes, abusando de la generosidad y de la tolerancia de la Revolución, tratando de forjar contrarrevolucionarios para dentro de 10 ó 12 años.

Casi no es necesario preguntarlo, pero, en realidad, ¿tenemos nosotros la culpa de esas provocaciones?, ¿tenemos nosotros la culpa de que de una manera tan insidiosa y tan descarada se dediquen a deformar las mentes de los jóvenes, se dediquen a forjar contrarrevolucionarios, sin que nadie les haya impedido la función docente, se dediquen descarada y cínicamente a promover el odio hacia el pueblo, el odio hacia la patria; promover el sabotaje al progreso y a la cultura, a conspirar contra su nación? ¿Es justo que Cuba permita que a su juventud vengan a deformarla quienes están al servicio de las peores ideas y de los peores intereses?

¿Tenemos acaso obligación de tolerar semejante cosa? Puestas las manos sobre nuestros corazones, ¡preguntémonos si existe alguna obligación para el pueblo de Cuba y para el Gobierno Revolucionario de permitir semejante cosa! ¡Y cabe preguntarse si acaso tema el pueblo, o tema el Gobierno Revolucionario, enfrentarse a ese problema!

No somos nosotros los culpables, bastante hemos tolerado. Porque hasta hemos tolerado en aras de nuestro interés de evitarle conflictos a la Revolución; en aras de nuestro interés en el trabajo de la Revolución, sin buscarle a la Revolución problemas adicionales, hemos hasta tolerado que una sinecura tan deshonesta y tan inmoral como es esa de cobrarles a los pobres de este país hasta el pedacito de tierra en que lo entierran. No es que al pobre se le persiga en vida, no es que al pobre se le desaloje solamente en vida, hemos librado a los vivos, hemos acabado con el desalojo, con el desahucio, hemos puesto fin a las injusticias que se cometían con los seres vivientes, y aun no hemos redimido a los muertos.

¿Y saben lo que ocurre con un hombre pobre, saben lo que ocurre con el hermano o la hermana, o el hijo o el padre o la madre de un hombre humilde del pueblo? Pues que tiene que pagar para que lo entierren, tiene que alquilar el pedazo de tierra, y al cabo de algunos años —dos, tres—, esos huesos son convertidos en cenizas.

Las familias humildes no tienen ni siquiera el derecho de conservar los restos de sus seres queridos. Si se trataba de una familia pudiente, podía adquirir la propiedad de un pedazo de tierra y construir una sepultura, pero a los pobres les estaba vedado ese derecho. Los que no podían pagar a precio de oro un pedazo de tierra y construir una bóveda, sabían que apenas transcurrido algunos años, no tendrían siquiera el consuelo de ir a poner sobre las tumbas de sus seres queridos un puñado de flores, porque los restos se volvían cenizas, y las cenizas las arrastraba el viento. Y esa sinecura, inmoral y bochornosa, injusta y cruel, la ha tenido que tolerar la Revolución, cuando es lo cierto que no solo los pudientes, sino también las familias humildes, deben tener derecho, aunque sea, a un pedazo de tierra donde descansar.

Y los muertos también tienen derecho a su pedazo de tierra. La Revolución, en su exceso de generosidad, para evitar que cargaran sobre ella la culpa de problemas, de conflictos con la iglesia, mantuvo intacto esos privilegios. Y son muchos, pero muchos, los esfuerzos que la Revolución ha hecho por evitar esos conflictos, y si esos conflictos al fin no logran evitarse, al menos, el esfuerzo que la Revolución ha hecho servirá para demostrar que la culpa no es nuestra, y que los provocadores no hemos sido nosotros, que la Revolución ha sido respetuosa con las creencias religiosas de los ciudadanos, que la Revolución no interfiere en los íntimos sentimientos de nadie, que la Revolución proclama y proclamará ese derecho.

Sin embargo, no puede significar el derecho por parte de los que enarbolan criminalmente esos sentimientos, de los que fingen representar esos sentimientos, para volverlos contra la sociedad, para volverlos contra la nación, para volverlos contra el pueblo.  La Revolución no ha rehuido nunca ninguna batalla que se vea en la necesidad de librar; la Revolución ha hecho esfuerzos siempre por evitar batallas que no tenían necesariamente que librarse para hacerse una revolución.

Y, sin embargo, esos esfuerzos no siempre son premiados con el éxito, porque al parecer hay privilegios y hay asociaciones de privilegios que hacen imposible, al chocar con uno, evitar tener que chocar con otros.  La Revolución no ha querido ese tipo de lucha, y es más, la Revolución nunca estará contra la religión, la Revolución nunca estará contra los que crean, la Revolución jamás pretenderá interferir en lo que pertenezca al fuero interno de cada ciudadano. Y esos son principios inalterables de la Revolución, que el pueblo los comprende perfectamente bien.

Pero sobre esa premisa y sobre esa línea de la Revolución, la Revolución resueltamente se enfrentará, llegado el caso, a los farsantes que quieran explotar ese sentimiento, y a los farsantes que quieran poner ese sentimiento contra el sentimiento de la patria, los farsantes que quieran convertir la religión en una institución antinacional y antisocial; la Revolución no vacilará en enfrentarse a los fariseos, y la Revolución no vacilará en tomar las medidas que sean necesarias. La Revolución sabe tomar medidas cuando el caso lo requiere, porque la Revolución sabe que es justa y sabe que tiene la razón, y saber eso da la fuerza que se necesita, y la moral que se necesita, y el apoyo que se necesita.

Batallas duras el pueblo de Cuba ha tenido que librar; a circunstancias difíciles el pueblo de Cuba ha tenido que enfrentarse más de una vez, y el pueblo de Cuba ha aprendido a librar batallas y a ganar batallas.  Se enfrentó una vez a las fuerzas militares de la tiranía, y las venció; se enfrenta hoy, victoriosamente, a las fuerzas poderosas del imperialismo; y la Revolución, de la misma manera, no teme ni temerá enfrentarse a las fuerzas del fariseísmo internacional.

Las batallas que le falten por librar

Y con esa misma moral que ha emprendido otras batallas, emprenderá las batallas que le falten por librar, y no permitirá, por ningún concepto, que bajo ningún pretexto los enemigos de la patria forjen contrarrevolucionarios para de aquí a 10 años. Es lógico que luchemos hoy contra los contrarrevolucionarios que forjaron ayer, contra los reaccionarios que forjaron ayer; es lógico que tengamos que luchar hoy contra la mala semilla que sembraron ayer; pero lo que no tiene ninguna lógica es que tengamos que seguir permitiendo la siembra de contrarrevolucionarios y de reaccionarios hoy, de la mala semilla, para que dentro de 10 ó 12 años todavía tengan que estar funcionando los tribunales revolucionarios y los pelotones de fusilamiento.

Porque nosotros tenemos esperanza en que llegue el día en que los enemigos de la Revolución desistan, que llegue el día en que hayamos extirpado la mala hierba de la contrarrevolución. Y porque tenemos esa esperanza, no permitiremos que nos siembren para mañana esa mala semilla, no permitiremos que lleven adelante su plan criminal de crearles enemigos a la patria, para que dentro de 10, 12 ó 15 años, todavía tengan que tener vigencia los tribunales, todavía tenga que tener vigencia el grito de paredón; y porque tenemos la esperanza de que algún día haya una patria sin un solo contrarrevolucionario y sin un solo traidor, adoptaremos las medidas necesarias para erradicar de nuestra patria a los sembradores de traidores, a los sembradores de contrarrevoluciones.

A las nuevas generaciones las deberá forjar la patria en el sentimiento de amor hacia ella; las nuevas generaciones deberán ser generaciones revolucionarias, y es deber de la Revolución forjar a las generaciones futuras, y sería crimen de la Revolución que manos criminales, que manos reaccionarias y egoístas continuaran llevando adelante la tarea indigna y criminal de deformar a parte de las generaciones futuras.

Y en el futuro no podemos permitir que quienes formados por la Revolución podrían llegar a ser magníficos revolucionarios, por culpa de los fariseos y de los mercenarios al servicio del oro y del imperio poderoso, se conviertan en reos de traición a su pueblo y a su patria; sería crimen de la Revolución dejar de salvar a un solo joven.

Y más culpa de la Revolución que de los reos sería si permitimos que eso ocurra, y culpa sería nuestra, más que de nadie, si dentro de 10 años hay que fusilar a un contrarrevolucionario porque hoy los dejamos en las manos encanallecidas de los que quieren modelar, de manera antisocial y anticubana, las mentes de esos jóvenes, que la generosidad de la Revolución les permitió todavía tener bajo su influencia, generosidad que ellos fueron incapaces de interpretar, y oportunidad que han estado aprovechando para sembrar en esas mentes la mentira, el odio al pueblo y la hostilidad a la Revolución.

Podemos, pues, hoy, marcharnos a nuestras tareas. Cada uno tiene la suya, y nosotros también tenemos nuestro pequeño compromiso de cortar unas cuantas arrobas de caña. Vamos a hacer todo lo posible por cumplir esa meta, pero tenemos que comenzar temprano. Así que nos retiramos.

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

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